jueves, 29 de noviembre de 2018

Taller “Los clásicos y la literatura actual”, presentado por Marina Salvador (escritora, UCM)


   María Regla Prieto Corbalán
                                                                                                          (Escritora)

            La literatura actual tiene una deuda impagable con la literatura y la civilización clásica. A lo largo de los siglos, el ser humano puede haber evolucionado y avanzado en ciertos aspectos, sobre todo tecnológicos, pero en la actualidad, si lo pensamos bien, seguimos sobrecogiéndonos y estremeciéndonos ante los mismos sentimientos y ante las mismas situaciones que cualquier ciudadano de la Grecia o de la Roma clásica. El amor, la muerte, las pasiones, el paso del tiempo, la pérdida, el dolor, etc. Todo ello se refleja y se evidencia en la literatura. El mundo clásico es tan rico y diverso, que ha ofrecido temas y arquetipos literarios –sobre todo a través del fecundo campo de las leyendas y la mitología- y, durante siglos, se ha convertido en una fuente de inspiración constante para un gran número de escritores, desde Góngora y Garcilaso a García Lorca, pasando por Unamuno, Galdós, Cernuda, Cortázar o Borges, por poner solo algunos ejemplos más cercanos a nosotros en el tiempo. Sin olvidar a Marguerite Yourcenar con sus Memorias de Adriano, a James Joyce con su Ulises, o la magnífica obra poética de Constantino Kavafis. Tampoco podemos dejar de nombrar otras dos novelas del siglo XX, increíblemente maravillosas, de dos autores muy dispares, pero que confluyen en su devoción y respeto a la cultura clásica, haciendo patente con sus obras que los clásicos son atemporales y eternos.   



            Por un lado, Los idus de Marzo, la magistral novela del autor norteamericano Thorton Wilder, en la que se recrean los últimos años de la República Romana y de la vida de Julio César. Una novela que Gabriel García Márquez siempre tuvo a mano cuando estaba escribiendo El otoño del patriarca “como una fuente deslumbrante de la grandeza y las miserias del poder”[1].
            También mencionaremos, Casandra, de la escritora alemana Christa Wolf. Esta novela, en la que se hace una relectura actualizada del mito, está escrita como un largo monólogo. En ella, Wolf hace una reinterpretación del personaje de la sacerdotisa de Apolo, desmitificando su figura y la propia guerra de Troya, renunciando al componente heroico, aunque ahondado en su dimensión trágica, y poniendo de frente a los personajes y a la propia Casandra ante la violencia extrema de la guerra y ante los intereses enfrentados, en una velada, aunque implacable, denuncia de la sociedad patriarcal.
            Porque en el mundo clásico, tanto en Grecia como en Roma, está la semilla de lo que somos y de lo que seremos. Tal como expresa con maestría Käte Hamburger, «las transformaciones de las figuras del drama antiguo muestran de esta manera con extraordinaria claridad el estado actual de la autoconsciencia del espíritu humano. Hay que considerar que la evolución de la imagen humana producirá a su vez nuevas recreaciones de estas arquetípicas figuras griegas, que se erigen al principio de la historia del espíritu occidental”[2].
        Con este prodigioso y fascinante bagaje, era algo natural que, al dedicarme a la creación literaria, mi fuente de inspiración, consciente o no, fueran los clásicos. Permanece aún en mí aquel deslumbramiento que tuve en la adolescencia ante las palabras de Julio César o los magníficos discursos de Cicerón, ante los estremecidos versos de Safo o la maestría y los guiños de Catulo, ante la belleza y la emoción de los versos de Virgilio, Ovidio o Propercio,  o ante la majestuosidad de la tragedia griega y el humor ácido de su comedia… Me enseñaron a conmoverme ante la palabra. A amarla.
            Durante muchos años me dediqué a la investigación histórica y hace poco escribí mi primera novela, titulada La esfera de lo divino[3]. Aunque en apariencia no tiene nada que ver con la cultura clásica, sí hay una relación intrínseca. Esta novela está basada en un crimen que se cometió a finales del siglo XVIII, que previamente había investigado junto a mi compañero Salvador Daza. Incluso el resultado de esa investigación se publicó en su momento[4]. Quizás sin el conocimiento y el disfrute de la prosa de Tito Livio, -o incluso la de Suetonio-, no hubiera pensado nunca en novelar mi investigación. Estos autores me hicieron descubrir que se podía tratar el hecho histórico de una manera diferente, donde los personajes cobrasen tanta importancia como los hechos en sí. Esa fue la motivación primera para escribir la novela. Después de tantos años de investigación, sentí que conocía casi íntimamente a los protagonistas de aquella atroz historia, y quise darles voz a unos personajes que me resultaban fascinantes Y así fue. En esta novela prevalecen sus voces sobre los acontecimientos, sobre los hechos. Quise concederles la palabra a los protagonistas de esa historia, buscando una dimensión distinta del  hecho en sí, a la vez que teñí sus páginas de un halo trágico y mítico. Incluso algunos personajes de esta novela están construidos bajo el prisma del mito, ya que, al abarcar estos de forma simbólica muchos aspectos de la condición humana, me resultaron muy útiles a la hora de abordar algunos de sus rasgos.



           Dos años más tarde, en 2017, publiqué un libro de relatos La mirada de Perséfone[5], donde es mucho más evidente el influjo del mundo clásico, sobre todo, de la mitología. Su propio título pretende ser una relectura y una revisión del mito de la hija de Deméter, tal como se formula en la cita de Gabriela Oneto que aparece en el principio de la obra:
         “Perséfone se hace cargo de la experiencia del dolor en el momento en que es raptada, violada y retenida contra su voluntad bajo tierra, lejos de la luz del sol, en el mundo de los muertos. Crece realmente cuando acepta quedarse a vivir en el inframundo, cuando junta el valor para hacerlo su casa y elige comer la granada que le ofrece Hades. Se hace soberana de sus propias oscuridades, de sus experiencias,  tal como  fueron: las acepta, y así trasciende de víctima o doliente para convertirse en  reina de sabiduría y dominio. Y como ha estado tanto en el inframundo, como ha  sobrevivido y sabe habitar en él, puede convertirse en guía de otros. Se trata de recuperar el lado fértil, profundo, de la mirada de Perséfone”.

            Los protagonistas de los nueve relatos que componen este libro, por diversas circunstancias, realizan su particular bajada al infierno y también todos, al hacerse dueños de su dolor y de su oscuridad, encuentran una salida del averno. Cada cual a su manera. Se trata, tal como expresa Josefa Parra en la Introducción, “de haber sobrevivido a cualquier tipo de infierno -o de dolor, o de carencia, o desventaja-  y haber sacado una enseñanza, personal pero compartible. Se trata de asumir la experiencia, de comer el grano de la  granada ofrecida por Hades, para permitir el crecimiento del fruto. De un fruto. Cualquiera. Un fruto nutricio; dulce o acerbo, pero nutricio. (….) Semillas. Lo que no se pierde y que, en ocasiones, sirve al otro, ya en un tiempo futuro: como el  árbol que no da fruto -ni siquiera sombra- a quien lo planta, sino a quien años después busca su cobijo. Volviendo al mito, Perséfone quizá lo supo y asumió el exilio en el inframundo con la esperanza de tales dones. No otra cosa es la primavera, sino el resultado fructífero del entierro, de la oscuridad y del silencio. Y en estos nueve maravillosos relatos se glosa esta verdad”.
       Pero por este libro, además de la omnipresencia de Perséfone, pasean las sombras de otros mitos y todos contienen esa semilla que crece en la oscuridad y que finalmente estalla, en forma de liberación, de descanso o de entrega. En La taberna de Lillas Pastia aparece un alter ego masculino de Ariadna, -llamado Rafael, en el relato-, que conduce certeramente a la protagonista, a través de un laberinto físico y emocional:
         Hacía mucho calor. Mientras Rafael me vendaba los ojos, noté mi pelo húmedo   y cómo sus dedos se mojaban con el sudor que me resbalaba por la frente. Me disculpé  por ello. Él me reprendió con suavidad.
          -Recuerda que a partir de ahora no puedes hablar hasta que yo te lo diga -me susurró al oído y me tomó de la mano.
         En esos instantes el único asidero que tenía con la realidad era esa mano que me guiaba. Una mano fuerte, ancha y vigorosa. Los nudillos encallados y la piel basta, como una roca. Los dedos entrelazados con mis dedos. Me prohibí deleitarme en las sensaciones que me evocaba esa mano porque mi cuerpo estaba reaccionando por su cuenta a otros estímulos. Un leve escalofrío recorrió mi espalda al atravesar lo que me pareció una  puerta.
            -Ahora tienes que descalzarte, vamos a entrar en un lugar sagrado –me dijo–, te ayudaré.
          Noté sus manos en mis tobillos y cómo con gran destreza soltó las cintas de mis sandalias. Mis pies agradecieron pisar unas losas frías y desiguales, losas de Tarifa, me dijo Rafael, como si adivinara mis pensamientos. Seguimos avanzando. Con los ojos vendados, el resto de mis sentidos se intensificaron de inmediato. Oía trinos de pájaros, el rumor pausado del agua de un aljibe y me deleitaba al percibir cómo los tímidos rayos de sol exploraban, turbadores, caminos ignotos en mi piel, lamiendo con suavidad mi rostro y mis brazos con sus pequeñas lenguas de fuego. Sentí que estábamos atravesando un patio, porque a todo ello se unía el aroma de un jazmín y esa leve fragancia a canela que sólo tienen los claveles que aún hunden sus raíces en la tierra. Tras un apenas perceptible escaloncito, mis pies desnudos se adentraron en un terreno arenoso, una especie de tierra prensada, que me hizo pensar que penetraba en un mundo ancestral y atávico, un universo fecundo que intentaba abrirse paso a través de las plantas de mis pies y subir por mis piernas hasta inundarme el corazón. Al mismo tiempo, la temperatura descendió varios grados. Todo mi ser se estremeció ante esa inesperada frescura. Ya estamos, me dijo Rafael mientras seguíamos avanzando por ese lugar que me acariciaba la piel con las leves ráfagas de un aliento desconocido. Mis sentidos se avivaban a cada paso. Era como si a mi lado estuviera una persona amada y muy deseada, cerca, muy cerca, tanto que pudiera sentir su aliento, su respiración, el calor de su cuerpo, y esa proximidad conseguía que se me erizara la piel, antes incluso de que se produjera el más leve contacto, la más mínima caricia. Así me sentía en esos momentos. Mientras, mi guía me conducía con pasos lentos. Noté cómo mi respiración se alteraba. No me faltaba el aire, todo lo contrario. Mi olfato al principio empezó a percibir sólo unas sutiles fragancias, que poco a poco adquirieron más intensidad hasta que, de pronto, todo un universo  aromático se desplegó ante mí. Quería, necesitaba reconocer y atesorar todos esos aromas. Que no se escapara a mi sentido del olfato ni un matiz. Allí estaban la madera, los robles centenarios, la humedad de los bosques primigenios, la tierra mojada y el salitre, el olor del mar de los amaneceres de mi infancia, incluso percibía un tenue aroma a flores y a fruta fresca. Rafael entonces soltó mi mano y me dijo: ahora, siente, siente...


            También en otro de los relatos, Marina, la protagonista, una joven mestiza nacida en las selvas de Guatemala en el siglo XVI y a la que la muerte de su madre arrastra al abismo, es una suerte de Lucrecia.
              Durante el viaje, Marina pasaba los días en cubierta, incapaz de resistirse a las brisas que mecían la nave. En el olor salitre y húmedo de las aguas reconocía el aroma de su madre y de su propio pueblo. Sólo ahí se sentía segura y tranquila. Aunque nunca había viajado en barco, ese mar, cuyo principio y cuyo fin no se veía por ninguna parte, ese páramo azul, atravesado por centelleantes y rápidas olas, y cuya superficie jugaba con los rayos del sol, ejercía una atracción hipnótica en la joven. Los amaneceres la recibían en la proa de la nave, extasiada ante el milagro de un cielo púrpura que encendía la superficie del mar de topacios y esmeraldas rutilantes, antes de elevarse en el horizonte. La joven no bajaba a su camarote hasta que la luna, vencida por el firmamento, naufragaba y se hundía en las negras aguas, y la fría y húmeda madrugada la obligaba a refugiarse en aquel cuarto pequeño, donde la oscuridad y la soledad la golpeaban, y donde resurgían los amargos recuerdos y el corazón le sangraba. Una noche, pocas jornadas antes de que terminara la travesía, la puerta de su camarote se abrió lentamente. Marina, que estaba acurrucada en el camastro, a oscuras, sintió que un aliento agrio y amargo inundaba la habitación tanto como su miedo. Abrió los ojos desmesuradamente, intentando distinguir alguna forma en las tinieblas del habitáculo y, a la vez que oía susurrar el nombre de su madre de una forma agónica que le heló hasta la más íntima fibra de su ser, pudo reconocer, apenas iluminada por los tenues rayos de la luna creciente que se filtraba por el estrecho ventanuco del camarote, la figura imponente de su padre que se acercaba a ella tambaleándose. Marina se miró en los espejos violetas del rostro de su padre un instante, sólo un momento, porque el hombre colocó su mano sobre los ojos de la joven para ocultar la única parte de su fisonomía que le gritaba que no era esa niña aquella otra mujer a la que en otro tiempo tanto había deseado. Marina, ciega, aprisionada bajo el peso del hombre, quiso pedir ayuda, pero la boca se le llenó del regusto amargo de la saliva de su padre, empapada de alcohol y de un anhelo tan lóbrego como la muerte. Las nauseas se apoderaron de ella mientras hacía grandes esfuerzos para zafarse de esos brazos que pretendían inmovilizarla. El hombre, al ver que la joven se resistía como un animal salvaje, la golpeó en la cabeza, dejándola casi inconsciente. Arrastrada por el delirio, sin apenas aliento para quejarse, Marina sintió cómo primero las manos y después la boca del hombre recorrían cada una de las regiones de su carne, sin dejar de hurgar en cada hueco de su cuerpo, en cada recodo de su piel. No quedó ni un resquicio de su persona que no hubiera sido libado o lamido por la lengua viscosa y por los férvidos labios. Sólo muy de vez en cuando, el hombre interrumpía su reconocimiento para jurar una y otra vez amor eterno a una mujer que no era ella. Marina quería  gritar, decirle a ese hombre que ella era su hija, pero ni su garganta, ni sus brazos, ni sus manos, ni sus piernas le respondían, aturdida y debilitada por el golpe, apenas sin fuerzas. Cuando ya creía que nada peor podía pasarle, sintió como su cuerpo se partía en dos y los fuegos del infierno le desgarraron las entrañas con los envites agónicos del hombre que se agitaba sobre ella. Marina entonces sí se hundió por completo en una tibia oscuridad que la acogió con la bendición de la inconsciencia.
    Para finalizar con esta breve muestra, veremos algunos párrafos del relato titulado La pasión, en el que se hace una revisión del mito de Pigmalión:
      Más de dos semanas había tardado Holmann en encontrar la madera adecuada para su talla. Un viejo usurero le ofreció un hermosísimo tronco de cedro, todo un lujo por la escasez de esta madera en aquellos días, y el escultor supo que por fin había encontrado la materia prima que necesitaba. Era un tronco majestuoso, sin nudos, de un color ambarino claro, y con una textura casi incorpórea. El árbol originario debió alcanzar una edad considerable, teniendo en cuenta su grosor, su calidad y su estampa. Le habían asegurado que había sido cortado durante la última primavera, la mejor estación para la tala, ya que la madera cortada en primavera nunca se agrieta, y así podía evitar el único riesgo que corren las figuras esculpidas en un solo bloque, que era la manera en la que pretendía labrarla. Holmann se sentaba al atardecer en su estudio, cuando los rayos del sol empezaban a declinar y a teñir de púrpura las paredes, mirando fijamente la pieza, bañada por los haces de luz del atardecer, que se colaban por las rendijas de uno de los ventanales, en un intento de descubrir la esencia última que escondía aquella madera en su interior.
       Allí envuelto en un silencio ardiente, plagado de vaticinios, contemplaba las vetas de la   madera, pequeñas venas derramadas en un rosario de topacios delirantes, la savia como miel enjaulada en una cárcel de ámbar transparente, los espejuelos que hacían titilar como estrellas cautivas la madera estremecida, y quedamente oía sus pulsos irisándose. Algunas veces, cuando los ojos no le bastaban, se acercaba al bloque y lo abrazaba con todo su cuerpo, dejándose embriagar por el aroma a brotes tiernos y a bosques lejanos que exhalaba el cedro, percibiendo a través de las sensibles yemas de sus dedos la nostalgia del bosque primigenio. Entonces, sin poder evitarlo, le acometía como un latigazo la imagen de Pedro, tal como lo vio aquel día de principios de verano, con el torso desnudo y mojado por la tormenta, como si la madera le devolviera el tacto y el olor de la piel del cuerpo del desconocido. Intentaba resistirse, pero cuanto más luchaba su mente para la   alejar la visión de aquel hombre, más nítida se le aparecía, y primero su espíritu, después su cuerpo, sus manos, y finalmente sus dedos, se crispaban sobre la madera, sacudidos por una fuerza desconocida que lo zarandeaba y lo dejaba exhausto, agotado y abatido, como si las llamas de infierno le quemaran el alma.
                        (…..)
      A medida que pasaba el tiempo, el escultor empezó a avanzar en su trabajo. Pedro comprobaba asombrado cómo bajo las gubias, los punzones, los escoplos que el escultor usaba con la precisión de un cirujano, la madera se metamorfoseaba poco a poco en su cuerpo. Al principio apareció una sombra de sí mismo, una especie de crisálida, una matriz enorme que contenía en su interior el propio fantasma de Pedro envuelto en un halo vaporoso, encerrando su esencia, una imagen aún no perfilada donde ya se divinaban las hechuras. Entonces el escultor se transformó en un demiurgo con el don de la creación en sus manos. Del tronco de cedro surgieron los pies, nudosos y firmes jacintos, que se liberaron poco a poco de su cárcel de madera. Las piernas se elevaban como columnas incendiadas, donde el fuego se abría en la cascada atormentada del sexo, cubierto pudorosamente por un sudario que abrazaba las hermosas caderas. Las venas como hebras estremecidas lamían apenas las lacerantes heridas de la carne. El torso enardecido, el pecho ardiente, resplandecía de belleza, feroz y poderoso, pero diluviado de cicatrices lívidas que testimoniaban tormentos. Los brazos, largos y fuertes, se veían surcados de venas azules donde el sufrimiento se desbordaba en ramilletes púrpuras y violáceos, y las manos recibían el cruel abrazo de la cuerda áspera. La hermosa cabeza, altiva, aparecía coronada por una lluvia de ébano que se derramaba sobre los poderosos hombros, y una mirada anegada de cálices presidía un rostro bellísimo, que había  brotado de las entrañas del cedro como un milagro.
       Holmann trabajaba agónicamente, guiado por una voluntad más fuerte que la suya. Incluso tenía periodos casi de inconsciencia, sumergido en las formas del cuerpo de Pedro, empapándose de su esencia, absorto en sus más mínimos detalles, olvidando el mundo exterior. El cuerpo de Pedro llenaba sus días y sus noches. Todo lo demás empezó a serle ajeno. Sombras que rellenaban una vida que al escultor le parecía vacía y vana. Entró en un estado febril, en el que trabajaba sin descanso, respiraba, se movía, vivía en suma, únicamente para esculpir. Las noches las pasaba encerrado en el taller naufragando en su creación, y las pocas veces que salía de allí vagaba por la casa como un alma en pena a la que hubieran arrancado su espíritu.
                                                  ………………………..
María  Regla  Prieto  Corbalán es doctora en Filología Clásica por la Universidad de Sevilla, en 2003, con una tesis sobre el epistolario latino de la humanista Luisa Sigea. Pertenece al Grupo de Investigación Antonio Tovar (HUM173) del Departamento de Filología Griega y Latina de la Universidad de Sevilla.
Actualmente dirige la empresa Miscelánea Cultural, dedicada a la digitalización de archivos históricos, entre otras actividades.
Desde 2003, colabora en prensa con artículos de opinión y ha obtenido diversos premios de relatos cortos y poesía (Premio Nacional de Relato Corto "Pluma de Oro", Premio de relato corto "Plataforma 8 de Marzo", 2003, Premio de poesía de la "Plataforma 8 de Marzo", Premio de relato “Villa de Montefrío”, Premio de relato  “Ateneo” de Sanlúcar de Bda., 2005. Premio Internacional de Relato Corto “Villa de Torrecampo”, etc.)

Bibliografía:

 -Naufragio. Relatos con Arte. Ilustraciones de Paco Pérez Valencia. Editorial Pequeñas      Ideas, 2006.  
- Epistolario latino de Luisa Sigea. Ediciones AKAL, 2007.
-Teoría de la Carcoma, Seis puntos de vista de vista sobre la sociedad y la actualidad sanluqueña. IR Editores, 2007.
- Huellas musulmanas y espacios naturales singulares en la Comarca de la Janda.2012.
-La esfera de lo divino. Editorial Renacimiento, Ediciones Ulises, 2015.
-La mirada de Perséfone. Editorial Renacimiento, Ediciones Ulises, 2017.

Ha dirigido, junto a Gustavo Vega, el cortometraje “El retocador de fotografías” (2010), basado en uno de sus relatos.

Autora, en colaboración con Salvador Daza, de cuatro libros de investigación histórica:
- Proceso criminal contra fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda (1774) Universidad de Sevilla, 1998
-      Proceso criminal contra fray Alonso Díaz (1714), Universidad de Sevilla, 2000
-      De la santidad al crimen: Clérigos homicidas en España (1535-1821), Editorial Renacimiento,
colección Espuela de Plata, 2005.
-    Lucifer con hábito y sotana. Clérigos homicidas en España y América 1556-1834 Editorial Renacimiento, colección Espuela de Plata, 2013.



[1] Los idus de Marzo, por Gabriel García Márquez. Artículo publicado el 30 de septiembre de 1981 en el diario El País.
[2]Von Sophokles zu Sartre : Griech. Dramenfiguren antik u. modern.  Käte Hamburger.  1962.  Pág. 213. Trad. Miguel Furlock.
[3] La esfera de lo divino. Editorial Renacimiento. Ediciones Ulises, 2015. En la ciudad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, en 1774, un fraile carmelita descalzo, fray Pablo de San Benito, mató en la puerta de su iglesia, después de la misa dominical, a una joven, María Luisa de Tassara, de apenas 18 años, hija de un conocido abogado. Las trágicas circunstancias que rodearon el suceso, el hecho de que la víctima fuera una mujer, la crueldad del crimen, la sangre fría con la que actuó el fraile y el hecho de que el asesino fuera un hombre de Dios provocaron un gran estremecimiento y escándalo en la sociedad del momento e hicieron tambalearse los cimientos del reinado de Carlos III, en una España que, a pesar de conservarse los más arraigados privilegios, ya estaba siendo zarandeada por los vientos de la razón, de la libertad y de la igualdad. La esfera de lo divino comienza catorce años más tarde, cuando un joven Francisco de Vargas, hombre inteligente y curioso, en los comienzos de su carrera política, en una de sus frecuentes visitas al Archivo del Palacio Real, encuentra ecos de esta tragedia, que permanecía cubierta bajo un manto de silencio.
[4] Proceso criminal contra fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda (1774). Salvador Daza Palacios/ María Regla Prieto Corbalán. Universidad de Sevilla, 1998.
[5] La mirada de Perséfone. Editorial Renacimiento, Ediciones Ulises, 2017.